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miércoles, enero 19, 2005

Corazón con agujeritos 

Bob Esponja: La película. (The SpongeBob SquarePants Movie, Estados Unidos, 2004, 90'). Dirigida por Stephen Hillenburg. Con las voces de (en la original) Tom Kenny, Clancy Brown, Bill Fagerbakke, Jeffrey Tambor, Scarlett Johansson y Alec Baldwin. Ficha técnica.
ESTRENOS
Puntaje: 8

Bob y Patricio son chicos. Ni esos ñoños sabelotodo que parecen viejos y participan en programas de preguntas y respuestas en televisión, ni esos grandulones que todavía se visten en Cheeky.
Bob Esponja es una película para chicos. Ni esas tonterías con guiños para padres (y con la clara intención mercantil de atraer a las salas a la mayor cantidad de público) ni un dibujo animado para adultos.
Por eso, tanto el protagonista como la película se permiten ser torpes, frescos, escatológicos, libres. Pero en ningún momento inocentes: Bob tiene muy claro que merece un ascenso en su trabajo -el amague del final es una clara muestra- y la película jamás cree en el cliché de la ingenuidad infantil ni en su nobleza per sé. (Si Bob es noble, en todo caso, es porque se esfuerza mientras que el villano Plankton quiere dominar a todos).
Bob Esponja no es una más del subgénero "animación bajo el mar", como sí lo era, por citar un ejemplo reciente, la insufrible El Espantatiburones. Porque no acude al sobrexplotado mundo de las citas al universo pop, ni a ningún abuso de poses cancheras. Bob Esponja es tan directa como un chico cuando quiere saber cómo nació o cuando señala con el dedo un lunar desagradable en la cara del que tiene enfrente.
Así, cuando necesita la presencia de un guardavidas acude al mismísimo David Hasselhoff (otras, posiblemente hubieran mostrado a algún crustáceo sexy con malla roja corriendo en ralenti a la orilla del mar y con la musiquita de Baywatch de fondo subrayando).
Pero lo más importante es que Bob Esponja no se ríe de los chicos ni de sus desventuras. Se ríe -diría el mismísimo Bob- al lado de ellos.
Agustina Larrea.

jueves, noviembre 18, 2004

Profesores pop 

Miranda! Sin restricciones - Secsy Discos. 2004
DISCOS
Puntaje: 10

Desfachatados y súper conscientes de esa actitud, los ilimitados Miranda! se desmarcan con/Sin Restricciones. Un movimiento similar al de los -desfachatados mayores- Babasónicos y su última creación Infame. Pero más extremo y apostando aún más a la voluptuosidad como medio. Lo que se asomaba tímidamente en temas como Romix! del predecesor Es mentira, acá sale a la luz con toda la potencia. Y con una sensualidad única para contar historias de esas bajas, impúdicas, básicas, mil veces transitadas. Raras y encendidas.
Sin restricciones contiene doce canciones-himnos: las hay adictivas, luminosas, chanchas e híperbailables. Todas con algo en común: las mejores letras de producción vernácula reciente (la antológica "es un solo, es la guitarra de Lolo", "vos me llamás a cualquier hora y yo me baño y voy directo a tu casa" o el "cerdo picarón" del futuro hit incomprendido El profe son apenas muestras).
Tampoco se privan de gemidos, coritos (que dan muestras del excelente estado vocal de los integrantes del grupo) y hasta chasquidos de dedos como aderezos de este sándwich -¿por qué no?- grasoso y terriblemente amoroso.
Estos profesores pop quieren enseñarle a sus alumnos para que gocen, como dicen ellos, con las cosas más sucias de un modo elegante..
Agustina Larrea.

martes, octubre 26, 2004

Lejos del paraíso 

El cielito (Argentina / Francia, 2004). Dirigida por María Victoria Menis. Con Leonardo Ramírez, Mónica Lairana, Darío Levy, Rodrigo Silva.
ESTRENO
Puntaje: 5

El cielito es una mermelada (y no "una manteca" que cambiaría drásticamente la connotación untable). Uno de esos dulces frutales que prepara Mercedes (Mónica Lairana) en su para nada celestial chacra litoraleña. Nadie duda de la nobleza de sus intenciones -no es poco en esa góndola plagada de artículos vencidos que es el cine vernáculo- ni de la frescura de sus ingredientes. Por suerte, El cielito carece de cinismo y le hace ahorrar al espectador los momentos empalagosos del cada vez más frecuente costumbrismo mal entendido. Sin embargo, la película oscila, como postre casero que es, entre la simpleza del producto autóctono y la obviedad encandilante de uno for export. Su reciente participación en la competencia oficial del Festival de San Sebastián hizo que varias críticas de afuera vieran en ella una cualidad documental (eso de mostrar, por medio del personaje del bebé Chango, la orfandad y la desprotección en la que vive la población argentina) que es lo menos interesante que tiene. Justamente, la película falla cuando se torna machacona (algún cartel que reza "Primero los niños", Félix se come un Palito de la Selva). Pero en los momentos en que la directora decide explorar la relación entre el protagonista y el bebé y el tedio de la vida en el campo, es cuando destila todo el encanto de lo agridulce. A veces cruda, con altibajos, El cielito parece una mezcla a la que le faltó más tiempo de maceración pero que no deja de descolocar ni de invitar al degustador osado que se anime a probarla.
Agustina Larrea.

miércoles, octubre 06, 2004

French Can Can 

El perro (Le Chien, Argentina, 2004). Dirigida por Carlos Sorín. Con Juan Villegas, Walter Donado, Micol Estévez, Kita Ca y Pascual Condito.
ESTRENO
Puntaje: 3

Con el mismo sentido de patriotismo que la publicidad de una de esas empresas que confían en el país, con la emotividad de un aviso donde se desafían distintas blancuras o donde se expone la implícita nobleza de tomarse un mate. Así filmó Sorín El perro.
Como la publicidad, que parte de ciertos presupuestos -que a la gente la gusta usar la ropa bien blanquita, ponele- el director se basa en prejuicios un poco más cínicos. (Al menos en el "contrato de lectura" de la publicidad se estipula una intención mercantil que el cine seriote pretende, a priori, esquivar).
Primero organiza un entramado de personajes prototípicos: el chanta, los burgueses venidos a menos, los jóvenes que quieren progresar.
Y después la enorme lista de verdades derechas y humanas: que los tipos buenos dicen "gracias" todo el tiempo, que alguien es gentil porque hace favores o que puede existir la so-called "gente sencilla" (en el avance de El perro, que es ciento por ciento publicitario -y está bien, los trailers están destinados a eso- se describe así a los protagonistas).
Ahí es donde Sorín mete el perro. Porque la elección de actores no profesionales (Juan Villegas es Juan Villegas) no garantiza realismo. Porque la relación de Juan Villegas con el dogo -¿existe en este mundo una mascota menos carismática que ese bicho blanco?- es muy compleja y el director decide despreciarla. Porque, mal que le pese al minimizador de historias, para hacer cine hace falta algo más que el primer plano de una cara redonda, desgastada y rosa o la repetición de paisajes desolados en tono de domingo a la tarde.
Agustina Larrea

miércoles, septiembre 15, 2004

What is looooooove? 

Combo Las reglas de la seducción + Todo es por amor
ESTRENO
Puntajes: 4 + 2

¿De qué habla el cine cuando habla de amor? Dos recientes estrenos traen a las pantallas (malos) ejemplos de lo ñoñas y lo cómodas que pueden llegar a ser ciertas corrientes actuales -aunque hay muchos casos que demuestran lo contrario- para mostrar la unión entre dos personas.
En un rincón, Las reglas de la seducción (En inglés Laws of atraction ¿Es necesario aclarar que hay una sutil diferencia entre la atracción del original y la seducción vernácula? Igual es lo menos grave). Un par de chistes y la innegable fotogenia de dos estrellas como Julianne Moore y Pierce Brosnan flotando en un constante tono pastel -digno de un elegantísimo especial de decoración de la revista de La Nación- no logran conformar una comedia romántica. Si bien hay un choque de opuestos que luego intentan el reencuentro y un cuasi re-matrimonio, la fórmula falla. Porque es perezosa, falsa, impostada. Como si los protagonistas ya vinieran atraídos de sus casas y la seducción fuera un inevitable paso para el predecible happy ending. Las lágrimas de Julianne -que supieron conmover en más de una película- no parecen convencer como lo hacía, por citar un ejemplo cercano, Adam Sandler en Como si fuera la primera vez (50 First Dates). Ahí también había dos estrellas de gran presencia pero detrás también había una idea cinematográfica, colores brillantes y un rematrimonio eterno (él tenía que reconquistar a Drew Barrymore todos los días). No se puede decir que Las reglas... sea una película mala, es como una correcta canción de Elton John mientras que la de Sandler se parece más a una deliciosa creación de Bryan Ferry (los dos presentes en sendos soundtracks, por otra parte).
En el otro rincón, el artiecine-anticine un poco más perverso de Todo es por amor. Adornada bajo las luces de colores del Dogma, la propuesta de Thomas Vintenberg resulta indignante, seriota, pretenciosa hasta el hartazgo y sin ningún rasgo visual interesante (hay que admitir que al menos Las reglas... tenía una coherencia estilístico-decorativa). Encima el director en algún momento intenta virar hacia una trama policial -ahora dicen que el rubro "historia de amor" a secas no califica dentro de los parámetros de la respetabilidad intelectual y, por lo tanto, hay que poner un plus que legitime a las películas- pero se queda ahí.
Y otra vez la decepción, la comparación y la eternidad: la nevada insufrible de Vintenberg no le llega ni a los talones a la imborrable nieve de Michel Gondry, que canchereadas más, canchereadas menos por parte de Kaufman, ponía en escena una grieta, un resplandor perdurable ante tanta brillantina efímera.
Agustina Larrea

jueves, agosto 12, 2004

Detrás de todo sólo hay una mujer 

Las mujeres perfectas (The Stepford Wives, EEUU, 2004). Dirigida por Frank Oz. Con Nicole Kidman, Matthew Broderick y Bette Midler.
ESTRENO
Puntaje: 4.

Stepford es un paraíso menemista: parques empalagosos, casas gigantes y un batallón de esposas rubias de botiquín con vestidos floreados -¡puaj!- bien dispuestas a hacer felices a sus maridos. Siniestras geishas sonrientes que irradian tanta lozanía como tilinguería.
Allí se muda el personaje de Nicole Kidman, que es legalmente blonda pero que aquí está obligada a lucir un castaño para demarcar de manera pueril desde lo visual que ella es distinta: trabaja, es exitosa y viene de la ciudad (estos últimos temas parecen obsesionar al mainstream: en Papá soltero, otro reciente estreno, Will Smith en un cameo bochornoso se asume un poco estúpido por no compartir tiempo con sus hijos por su trabajo pero logra convencer al bueno de Ben Affleck, ex ser urbano, que decide rechazar una oferta laboral y quedarse finalmente con su primogénita).
Lo que en principio parece un prometedor intento a puro humor negro, se diluye para convertirse en una comedia fláccida, con momentos de machismo explícito y casi ningún gag efectivo. A Joanna (Kidman) la echan de la cadena de televisión en la que trabajaba luego de que uno de los miembros de un reality show que ella pergeñó -sugerentemente llamado I could do better y que perdido en la traducción sería algo así como "Podría irme mejor"- enloqueciera porque descubre que su mujer lo engaña.
Sin trabajo, la protagonista, pintada desde un principio como despechada y fría frente a la agobiante generosidad de las mujeres del pseudo-country, colapsa y se instala en Stepford con toda su familia. Con un grupo de "inadaptados" Joanna decide investigar qué pasa en ese misterioso lugar. Y descubre que en realidad todas ellas han caído en un perverso plan que las terminó robotizando para que hicieran todo lo que sus maridos desearan, es decir, que detentaran esa curiosa perfección (la que el director Frank Oz decide ver y sobre todo mostrar como tal, en todo caso, frente a la "imperfección" de la protagonista que no quiere ser prisionera y no tiene alma de robot). ¿Un complot masculino para combatir la creciente independencia de sus esposas? ¿Una conspiración de los hombres contra la liberación femenina? No. Lo curioso -e ideológicamente aterrador- es que, por unos vericuetos de guión, detrás de todo sólo hay una mujer.
De más está decir que Las mujeres perfectas es una película prejuiciosa y simplista. Y que Oz tendría que buscar en el diccionario el significado de la palabra sutileza.
Agustina Larrea.

miércoles, julio 28, 2004

Saquen una hoja 

Educación sentimental. Rosal. Editado por Kiti Records
DISCOS
María Ezquiaga: guitarra y voces. Julieta Ulanovsky: bajo y voces. Sebastián Ostolaza: batería, percusión y voces.
Sitio oficial.
Puntaje: 9

Tema uno: "Sensualidad no es hablar". Esa es la lección que nos deja Rosal y que forma parte de "Educación sentimental", canción que da nombre al disco.
Rosal es apenas guitarra, coros, a veces un bajo y percusión. "Educación sentimental" es apenas un conjunto de canciones poderosas. Por momentos desgarrador, por momentos ultraestimulante, el trío se ríe a carcajadas de los que intentan explicar al amor ("Love is touch/ love is real/ love is reaching love", susurran hacia el final de "John" o "El silencio habla/ y es mejor que cuando yo lo intento", gimen en la bellísima "Suficiente").
Este Rosal exhala aire fresco, huele a jardín blefariano, a libertad. Por eso, la sensitiva voz de María Ezquiaga (guitarrista de la mismísima Rosario Bléfari y ex Baccarat) puede pasar de la ternura infantil de "Bombón" -con su empalagante y adictivo corito "bón, bón, bón" ad hoc- al desenfreno de "25 de enero" o a la lánguida transportación de "Viajo".
Tema dos: "Rosal es música para el cuidado de un jardín", asegura la contratapa del disco. Pero también es música para los que desmenuzan flores o, sin más, las arrancan. Para los que a duras penas arañan un "Suficiente". Para los peores de la clase, los que tienen que volver en marzo siempre, los que no aprenden nunca. Justamente, en "Educación sentimental", de repetir se trata.
Agustina Larrea.

jueves, junio 17, 2004

Ruidos 

Los guantes mágicos (Argentina, 2003). Dirigida por Martín Rejtman. Con Vicentico Fernández Capello, Valeria Bertuccelli, Fabián Arenillas, Susana Pampín, Cecilia Biagini, Diego Olivera y Leonardo Azamor. Ficha técnica.
ESTRENO
Puntaje: 10. En los diarios: Diego Batlle (La Nación): 8, Diego Lerer (Clarín): 8, Martín Pérez (Página/12), Paraná Sendrós (Ámbito Financiero): 4.

Llego tarde: hace tres semanas que está en cartel Los guantes mágicos. Sin embargo, la paupérrima oferta de la cartelera porteña relega la posibilidad de mirar películas a videos, DVDs o a reincidir en el cine con algo ya conocido. Hago una re-visión de la última obra de Rejtman, entonces. O una re-escucha. Muchos han detectado en este director un entramado de circulación de bienes perfectamente cuantificables (un perro, pastillas, guantes, viajes en auto, la cantidad de cigarrillos que fuman los millones de chinos y varios etcéteras). Si bien este procedimiento es evidente -y repetido en el mundo de sensaciones Rejtman- el hallazgo de Los guantes... está en que el intercambio no se limita a lo visible. Y aquí es donde el director abre la cancha a nuevas posibilidades cinematográficas y reserva un lugar para un movimiento mucho más sutil, un trueque auditivo donde cada cual atiende su juego.
Los personajes -además de estar caracterizados con determinados peinados, ropas y objetos- detentan sonidos que les son propios. Piraña es su disco; su hermano Luis, una respiración insoportable; Cecilia, la canción de Gieco. Y la enumeración podría continuar hasta el colmo de lo invisible, que es la profesora de yoga, apenas una voz perfectamente delineada.
Los ruidos también delimitan espacios y objetos. La porno que están rodando en el mini-gimnasio se reduce a un conjunto de gemidos: Rejtman muestra irónicamente el cartelito "Silence. Shooting".
Para Alejandro es clave la visita al otorrino: a partir de ese momento su conexión con el auto -que según Cecilia "le quiere decir algo"- va a ser distinta. Empieza a oír ruidos que no había notado e incluso intenta reproducirlos con una desopilante catarata de onomatopeyas. (Su Renault 12 apenas tiene radio AM mientras que el pistero suena tremendo).
Es un amor incondicional: Alejandro no escucha la música que escuchan todos, oye su auto. Y cuando lo pierde se aproxima a otros R12, pero sabe que no van a sonar igual.
En sus "Fragmentos de un discurso amoroso", Roland Barthes sentenció: "Aunque todo amor sea vivido como único y aunque el sujeto rechace la idea de repetirlo más tarde en otra parte, sorprende a veces en él una suerte de difusión del deseo amoroso; comprende entonces que está condenado a errar hasta la muerte, de amor en amor". Alejandro, como todo enamorado, sigue en la carretera, buscándolo.
Agustina Larrea.

Gritos y susurros  

Te doy mis ojos (España, 2003). Dirigida por Icíar Bollaín. Con Luis Tosar, Laia Marull Y Candela Peña.
ESTRENO
Puntaje: 7

Vi Te doy mis ojos media hora después de soportar Las invasiones bárbaras. Y decidí -impune, de eso se trata un poco el acto de escribir- separarlas en dos categorías: la aclamada creación de Denys Arcand no es más que un aberrante conjunto de gritos, un pesado fardo plagado de grandilocuencias (nunca grandezas) que niegan al cine porque se rehúsan a cuestionarlo, porque -infinita verbosidad mediante- minimizan al que mira y le aclaran todo. Y cuanto más fácil mejor: el plano en el que se ve al avión incrustándose en las Torres Gemelas es el colmo del cine fillcar, jactancioso, unidireccionado, autocomplaciente y jetón.
Después de tanto alarido pedante vino, por suerte, Te doy mis ojos. Y la diferencia con la anterior fue evidente: la de Icíar Bollaín es un susurro, una de esas películas que se escabullen y le escapan al gran “tema” sin falsa modestia, que se erigen sin la necesidad de recibir aprobación de unas almas pretenciosas que venden su exclusividad a los asuntos importantes.
Te doy mis ojos no es ni más ni menos que una historia chiquita, bien contada, un grupo de personajes bien delineados y una directora que lejos de redimirlos -la tentación de hacerlo, sobre todo con el personaje del violento interpretado por Luis Tosar, era gigante- cuenta un cuento. Justamente, la narración falla cuando Bollaín intenta levantar la voz y ponerse a explicar: la inclusión de obras de arte con sus correspondientes mitos no hacen más que dirigir la mirada del espectador. Cuando esto no sucede, cuando el tono no se hace machacón, la historia no hace más que fluir.
Que sea militancia: ni el más mínimo préstamo de ojos para la fanfarrona bazofia canadiense y un poco más de atención al susurro español que en medio de tanta barbarie impostada resulta miel para cualquier oído decente.
Agustina Larrea.

posteado en cinequanon el miércoles 17 de marzo del 2004

La cruzada de la emoción  

Tierra de sueños (In America, Irlanda/Reino Unido, 2002). Dirigida por Jim Sheridan. Con Paddy Considine, Samantha Morton, Sarah Bolger, Emma Bolger.
ESTRENO
Puntaje: 4. En los diarios: Horacio Bernades (Página/12): ; Paraná Sendrós (Ambito Financiero): 6; Fernando López (La Nación): 8; Aníbal Vinelli (Clarín): 8. Metacritic: 74. Rotten Tomatoes: 89%.

"La muerte está tan segura de ganar que nos da toda una vida de ventaja","Lo esencial es invisible a los ojos", "Creer o reventar" o -voto por este último- "Felices los niños". Cualquier slogan banal podría ilustrar laintención de Jim Sheridan al realizar Tierra de sueños. Porque de eso se trata, de dejar un "mensaje", una especie de moraleja ante la caterva de dramas que rodea a una familia irlandesa que llega a Estados Unidos para hacerse la América. Si a esto le sumamos que el film está narrado por una nena (Sarah Bolger) que pasó por todas esas tragedias y sobrevivió -llamativamente sin el mínimo rasguño emocional- para contarlas, el cocktail puede llegar a indigestar hasta al estómago más entrenado. Nada parece derrumbar a esta chica, ni a su hermana (Emma Bolger), que en poco más de una decena de años vivió una larga lista de calamidades, a saber: 1) la muerte de un hermanito; 2) las desventuras de su padre (Paddy Considine) que no consigue trabajo como actor; 3) el embarazo de su madre (Samantha Morton) que por un problema sanguíneo corre riesgo de morir en el parto; 4) la enfermedad terminal de un vecino (Djimon Hounsou) 5) la falta de agua, de luz o de cualquier elemento que haga habitable el edificio donde viven. En su cruzada por emocionar a cualquier precio Sheridan juega inescrupulosamente con el riesgo de que a esas nenas les pase algo terrible (cuando, disfrazadas por Halloween recorren el edificio, cuando la hermana mayor dona sangre para el bebé recién nacido o cuando le hace respiración boca a boca al vecino Mateo). Tampoco los grandes quedan inmunes a la tentación del director de hacerlos vivir al límite: el padre trae furioso un aire acondicionado en medio del caótico tránsito neoyorquino, se pelea con el más malo de la cuadra, se gasta todos los ahorros para comprarle un muñequito de ET a su hija (el subrayado del marcador Sheridan en esta escena es tan obvio como sus ralentis y sus pausas oportunistas). Pero el punto máximo de aberración está en la escena del parto: mediante un montaje paralelo, que en otro contexto hubiera sido una proeza loable, en manos de Sheridan resulta una competencia por quién se muere primero (la madre, el vecino o la criatura a punto de nacer). El "chán" final: Tierra de sueños está dedicada a la memoria de un hermano del director, Frankie (el mismo nombre que tiene el nene muerto en la película). Ni siquiera se pueden rescatar las actuaciones de Tierra de sueños: Sheridan expone de tal manera a los intérpretes (Morton y Hounsou nominados al Oscar) que cualquier esfuerzo actoral desemboca en un solo camino: el de la vergüenza ajena. Los sucesivos milagros que se producen en esta siniestra tierra de sueños hacen el resto.
Agustina Larrea.

posteado en cinequanon el miércoles 25 de febrero del 2004.

Perdidos y encontrados  

Todavía más sobre Perdidos en Tokio.
ESTRENO
Puntaje: 10.

Ningunos perdidos en Tokio. Si de algo se trata Lost in Translation es de una película de encontrados. Pero por una burda simplificación marketinera, por comodidad ñoña o lisa y llana estupidez el título vernáculo de la película de Sofia Coppola "pierde en la traducción" -¡zás!- la intención del original en inglés.
Es más, pierde de vista un aspecto central: la fluorescente Tokio se diluye para abrirle lugar a una unión indoors. El flechazo entre Bob (Bill Murray) y Charlotte (Scarlet Johansson) -aunque ella lo ignore- se produce en un ascensor. Las miradas que cruzan esa chica casada con el patán más grande del planeta y el actor veterano que "está de vuelta" transcurren en el bar de un hotel. La escena de mayor proximidad entre ellos se da cuando los dos, tirados en la cama, hablan sobre sus vidas y él, tiernísimo, le acaricia un pie.
La ciudad es el fondo, la vemos todo el tiempo por la ventana. Y cuando no, hay encuentro (cómo olvidar la última secuencia cuando Bob ve -no pierde- a Charlotte entre la multitud y se besan, cuando ellos corren como chicos entre los videojuegos o el intercambio de canciones en el karaoke).
Así, el título "Perdidos en Tokio" resulta una falacia por donde se lo mire. Y un insulto al discreto encanto de SC, que no iba a permitir ninguna obviedad ni una metáfora trillada del tipo "qué chicos que somos en una ciudad tan grande" como Tokio, con sus infinitos carteles de neón y las risitas histéricas de los amables nipones.
Parece redundante decir que Bill Murray es -en varios aspectos- enorme: SC nos lo muestra en un ascensor rodeado de gente que no le llega ni al hombro. Todo el desencanto, toda la tristeza y toda la melancolía se reflejan en su agrietada y hermosa cara. Ante tal evidencia, SC prescinde de las palabras y nos regala gestos que no necesitan intérprete.
Recuperar eso que se pierde en cualquier traducción resulta una misión tan imposible como la propia historia de amor entre Bob y Charlotte que -como todas- nace y se muere en miradas, en guiños, en lo inasible.
Agustina Larrea.

posteado en cinequanon el lunes 23 de febrero del 2004

Gracias por la magia (y aguante la ficción) 

Todavía más sobre el final de El gran pez.
ESTRENO
Puntaje: 8

Como esos parientes inescrupulosos que suelen engañar a los más chicos de la familia con hombres de la bolsa que raptan a los que se portan mal, con generosos ratones que financian la caída de dentaduras o con sapos que crecen en las panzas de los que comen y no convidan. Así es Edward Bloom, un tipo que le contó las aventuras de su vida a su hijo Will como una fábula plagada de sucesos mágicos y de seres imposibles.
De grande, Will se propone investigar cómo fue el pasado de su padre en realidad porque siente que no lo conoce.
Al principio Edward puede parecer -a mí al menos me pasó- un viejo desagradable, engreído y fanfarrón. Pero el proceso de la película hace que comprendamos que su intención no era otra más que embellecer la historia: como un chico, Ed no miente, a veces exagera.
Tim Burton no redime al cuentero (de hecho, un médico le dice a Will cómo fue el día de su nacimiento: su padre estaba de viaje de negocios y su mamá lo parió como a cualquier bebé). Pero después de un largo recorrido el hijo logra entender al padre y le crea un final para su vida acorde con las historias de hadas que le contaba cuando era chico.
Como si fuera poco, Burton corta y pasa directamente al funeral: en una escena archiemocionante están reunidos todos los personajes fantásticos de los que hablaba el viejo en sus relatos. TB, otra vez, nos muestra que puede haber una verdad bigger than life que sólo es posible en la ficción, en los cuentos de Edward, en el cine mismo. Y que en esas ficciones -como el pescado que se le escapa a Ed y como su fábula- podemos ser eternos.
(Yo, como Edward, quisiera ser un pez).
Agustina Larrea.

posteado en cinequanon el domingo 22 de febrero del 2004

sábado, mayo 22, 2004

RH positivo  

El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, Estados Unidos, 2004). Dirigida por Zack Snyder. Con Sarah Polley, Ving Rhames, Ty Burrell, Tom Savini, .Ken Foree y Scott H. Reiniger. Ficha técnica.
ESTRENO
Puntaje: 9. En los diarios: Adolfo C. Martínez (La Nación): 6, Aníbal M. Vinelli (Clarín): 6. Rotten Tomatoes: 77%. Metacritic: 55.

Click para leer la crítica.

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